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Liberalismo social y liberalismo conservador: resúmen de principios fundamentales

El liberalismo social constituye un constante y prolongado esfuerzo por confirgurar un nuevo liberalismo que, a pesar de sus innegables diferencias internas, comparte un conjunto de ideas y supuestos nucleares en torno a la defensa de:

  1. El individualismo social.
  2. La revuelta contra la exclusividad de la libertad negativa y la apuesta por complementarla con la libertad positiva.
  3. El establecimiento de ciertos límites a los derechos de la propiedad.
  4. La promoción de igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades.
  5. Una mayor y mejor redistribución de la riqueza a través de procedimientos de justicia social.
  6. Un amplio grado de intervencionismo estatal y ciertos aspectos del Estado del bienestar.
  7. La democracia representativa y la potenciación de la participación política de la ciudadanía.

Por su parte, el liberalismo conservador ha aportado otra revisión del programa liberal cuyo objetivo ha sido recuperar el individualismo posesivo y los principios básicos de la sociedad de mercado defendidos por buena parte del primer liberalismo. Un nuevo liberalismo clásico que se muestra claramente despreocupado por las desigualdades e injusticias sociales y unido por la defensa de:

  1. El individualismo posesivo.
  2. La propiedad privada como derecho cuasi absoluto y de amplio alcance.
  3. La libertad entendida en sentido exclusivamente negativo.
  4. La reducción de la igualdad ante la ley y, en contados casos, a la igualdad de oportunidades entendida como “carrera de abierta de los talentos”.
  5. Rechazo de casi toda forma de redistribución de la riqueza y la renuncia a la justicia social.
  6. Reducción al mínimo o, incluso, la desaparición de las tareas del Estado.
  7. La democracia protectora y elitista.

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Esta es la octava y última entrada de resúmenes del tema 1, titulado “La tradición liberal” y escrito por Roberto Rodríguez, del libro titulado “Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política”, edición de Fernando Quesada y de la editorial Trotta (2008).

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30 noviembre 2009 Posted by | Filosofía, Filosofía Política, Liberalismo | , , , | 3 comentarios

El liberalismo conservador frente al liberalismo social

En el mismo tiempo en que el liberalismo social comienza a gestar su redefinición del liberalismo, también los “nuevos liberales clásicos” estaban haciendo lo propio. Y lo hiceron a partir de una valoración radicalmente crítica de la realidad sociopolítica que la que se vieron inmersos y que se puede recordar aquí. En la interpretación de los primerlos liberales conservadores, dicha realidad sociopolítica estaba determinada por la “sobrelegislación“, que constituía una enorme e injustificada proliferación de regulaciones que no hacía más que ampliar constantemente el alcance y los fines de la acción del Estado.

Estos nuevos liberales clásicos perciben como un terrible error la creciente intervención reguladora y asistencial y exigen el control del funcionamiento de la economía de mercado y el establecimiento de las condiciones propicias para el logro de la libertad positiva. Se había incurrido en la fatal arrogancia (como caracterizó F. von Hayek) de tener la osadía intelectual racionalista de creer que es posible planificar y controlar el desarrollo de la vida social y económica. La primera y decisiva consecuencia de tan importante actividad estatal fue la de fomentar la pasividad de los individuos, anular su iniciativa, extender la idea de que el Estado es el responsable de poner remedios y convertir a los individuos en sujetos, que como adictos, dependen de sus ayudas. Ese modelo de actuación gubernamental acostumbra a los ciudadanos a pedir cada día más. En definitiva, ayuda al individuo a convencerse de que lo que en algún momento no fue más que compasión, caridad o benevolencia políticas se han convertido en derechos.

El liberalismo conservador intenta recuperar el individualismo radical que creyeron propio del liberalismo clásico y para el cual los individuos únicamente existen como “vidas separadas” cuyos derechos no sólo tienen un fundamento prepolítico o presocial. Derechos que, por lo demás, son tan amplios y de tan largo alcance que convierten en ilegítima toda actividad del Estado que vaya más allá de sus funciones protectoras.

Para el liberalismo conservador la propiedad privada es el primero y más importante de los derechos individuales. y el derecho a la propiedad privada constituye la más importante garantía de la libertad individual. Es más, para los ultraliberales, el más mínimo impuesto representa un robo y un atentado contra la propiedad privada. Esta perspectiva fundamenta una concepción de la sociedad que se considera como un orden espontáneo alentado por una suerte de darwinismo social que cobra realidad a través de la libre competencia entre individuos por la supervivencia y los recursos.

La libertad, entre tanto, consiste única y exclusivamente en la posibilidad de decidir y de actuar dentro de un ámbito en el que la coacción o interferencia externa queda reducida al mínimo. Un ámbito qiue, sin embargo, exige la existencia del Estado en tanto que sólo éste puede protegerlo y preservarlo.

La esencia característica de la propiedad… es la desigualdad (Burke) pero ese es un mal necesario (L. von Mises). El liberalismo conservador solventa la cuestión de la igualdad mediante el recurso a la mera igualdad ante la ley y, en todo caso, a la igualdad de oportunidades, entendiendo ésta como el igual reconocimiento de los méritos y capacidades de cada uno de los individuos. Esta concepción de la igualdad de oportunidades adquiere su verdadero sentido cuando se la interpreta como una lucha por los recursos y posiciones en la que “ningún obstáculo arbitrario debe impedir que las personas puedan lograr aquellas posiciones acordes con sus talentos y que sus valores les llevan a buscar” (M. Friedman y R. Friedman).

Está excluído, por tanto, cualquier tipo de procedimiento de justicia social o de redistribución de la riqueza a fin de asegurar a todos aquellas condiciones sociales relacionadas con el acceso a la eduación, la sanidad, la vivienda o el trabajo ya que de alguna manera esto sería un intento de corregir el resultado del mercado. Es más, conducirían al paternalismo y la omnipotencia estatales, asó como al intento por parte del gobierno de fijar fines y metas sociales que los individuos deben perseguir. Cuando con el concepto de justicia social se alude a la obligación social de reducir o eliminar las desigualdades que genera el mercado, se olvida que en una sociedad de este tipo la distribución de los recursos y de la riqueza no es producto de un proceso deliberado sino, por el contrario, de aquella mano invisible de Smith, es decir, una multiplicidad de interacciones libres que desconocemos tanto en su origen e intenciones como en sus concretos efectos.

En relación al ámbito de actuación del Estado nos encontramos con cierta diversidad interna, a saber:

  • Los ultraliberales, que creen preciso vender el Estado en pequeñas piezas y devolver todas sus tareas y funciones al mercado, esto es, dejarlas en manos de la iniciativa pivada y avanzar de este modo hacia una sociedad sin Estado. (M. Rothbard, D. Friedman).
  • Otras posociones más templadas (como las de Nozick, H. Spencer o F. Bastiat), que opinan que las funciones del Estado deben ser mínimas y exclusivamente protectoras, esto es, limitarse a defender los derechos naturales del hombre como son la persona y la propiedad.
  • En la posición liberal conservadora más representativa (la de F. Hayek o J. Buchanan) creen que además de las funciones de protección, el Estado debe ser capaz de realizar otras “funciones de producción” absolutamente imprescindibles para el buen funcionamiento de una sociedad libre y para el desarrollo y crecimiento económicos.

¿Cómo tomar decisiones colectivas que se deben tomar si se debe tender a que cuantas menos mejor? El liberalismo conservador aboga por modelos representativos y protectores de democracia que cabe aglutinar en la denominación de “elitismo democrático“, que consiste en reducir la participación política de los ciudadanos, fomentar su pasividad y despolitización, exigirles deferencia y comprensión para con las élites o, finalmente, formentar que autolimiten su participación política a poco más que a la selección de los líderes que habrán de gobernarles.

Para el liberalismo conservador la democracia es un sistema de gobierno que se caracteriza por la existencia de una pluralidad de grupos de interés y presión que se han convertido en auténticos centros de poder que han suplantado a los ciudadano y trtan de determinar la toma de decisiones políticas buscando satisfacer sus propios intereses.

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Esta es la séptima entrada de resúmenes del tema 1, titulado “La tradición liberal” y escrito por Roberto Rodríguez, del libro titulado “Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política”, edición de Fernando Quesada y de la editorial Trotta (2008).

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29 noviembre 2009 Posted by | Filosofía, Filosofía Política, Liberalismo | , , | 4 comentarios

El liberalismo social frente al liberalismo clásico

El individualismo propio del liberalismo clásico buscaba ofrecer un amplio campo de actuación para la satisfacción de los deseos e intereses individuales como medio para que cada cual, a través de sus energías e iniciativa privada, encontrase el trabajo que mejor cuadrase con sus habilidades individuales y obtuviese la recompensa y posición que por capacidad y méritos le correspondiese. Dichas energías y esfuerzos de unos y otros se verían complementadas y todos ellos promoverían, sin proponérselo, la armonía social y el bienestar general, como quería Adam Smith.

A finales del siglo XIX era ya más que evidente que dicho individualismo estaba fundado en un conjunto de principios y supuestos metafísicos carentes de todo fundamento. También era notorio que había dejado de ser aplicable, si alguna vez lo fue, en las nuevas condiciones sociales y económicas. El “viejo individualismo” debía ser sustituido por un “nuevo individualismo”.

Ese nuevo individualismo propone a un ser social y autónomo, además de racional. Un ser cuya naturaleza podría ser capaz de alcanzar su realización personal únicamente bajo unas condiciones adecuadas. El nuevo liberalismo promueve un individualismo que es social en este doble sentido: la existencia de individualidad del sujeto está condicionada socialmente y su desarrollo depende de factores y condiciones sociales. En consecuencia emerge la idea de una sociedad según la cual ésta ya no constituye un mero agregado de individuos egoístas sino, por el contrario, una suerte de entidad colectiva conformada por individuos racionales y autónomos pero igualmente interdependientes, cooperadores y capaces de ayuda o asistencia mutua.

El nuevo liberalismo social percibe al Estado como una condición necesaria para el ejercicio de la libertad por parte de todos, y no sólo de algunos. La libertad no sólo hace referencia a la ausencia de coacción externa (“libertad negativa“), sino que alude también a la “libertad positiva“, a aquella “facultad o capacidad positiva de hacer o disfrutar” (T. H. Green). La libertad sólo debía ser restringida en aquellos casos en que pusiera en peligro el desarrollo físico, intelectual o moral de otros o del bienestar social.

Respecto a las enormes desigualdades existentes en la sociedad, el liberalismo social sostiene que son en buena medida producto de las diferentes circunstancias sociales y personales de los individuos, así como del modo en que son tratadas por las instituciones sociales. Alcanzar la igualdad de oportunidades es la vía para asegurar a los individuos, y en especial a los miembros de los sectores sociales peor situados, una libertad más efectiva y un acercamiento a la igualdad. Para ello se deben plantear un plan de reformas sociales que estableciese diversas políticas públicas relacionadas con la salud, el trabajo, la educación, la vivienda o el transporte.

Esta igualdad de oportunidades exige una importante amplicación del alcance, fines y funciones del Estado y éste debe concebirse más bien como un Estado social, un Estado interventor y asistencial que debía, además de atender a la regulación del proceso económico capitalista, alcanzar el pleno empleo y poner fin a la probreza, las enfermedades y las carencias educativas. Así, lejos del viejo liberalismo del laissez faire, el liberalismo social concibe ahora al Estado como un instrumento para la organización y dirección de la propia economía capitalista, así como para la consecución de la igualdad de oportunidades y ciertas formas de justicia social.

Por último, otro aspecto importante a reflejar del nuevo liberalismo social es la necesidad de extender los derechos políticos hasta el establecimiento del sufragio universal, reconociendo los derechos políticos de la mujer. Defendían una democracia representativa en una ciudadanía activa y participativa, en la conformación de la voluntad colectiva a través de la discusión pública o, en fin, en la existencia de organismos intermedios que vincularan al individuo con la colectividad.

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Esta es la sexta entrada de resúmenes  del tema 1, titulado “La tradición liberal” y escrito por Roberto Rodríguez, del libro titulado “Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política”, edición de Fernando Quesada y de la editorial Trotta (2008).

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26 noviembre 2009 Posted by | Filosofía, Filosofía Política, Liberalismo | , , | 4 comentarios

Crisis de la tradición liberal y emergencia de nuevas formas de liberalismo

El conjunto de supuestos y principios ideopolíticos que sirven de base para la defensa de un modelo de sociedad liberal  se desarrollan en una sociedad sometida a grandes cambios. Tanto es así que las sociedades a que dan lugar el capitalismo industrial imperante hacia mediados del siglo XIX son ya muy diferentes de aquellas en las que nació el liberalismo hacia mediados del siglo XVII. Los cambios que se producen entre tanto pueden resumirse en los siguientes:

  • Enorme desarrollo de la industria.
  • Fin del capitalismo individual y creación de gigantescas organizaciones económicas.
  • Creciente importancia de las instituciones bancarias.
  • Aparición de grandes sociedades anónimas.
  • Nuevos métodos de organización del trabajo (taylorismo y mecanización).
  • Emergencia de nuevos problemas económicos, sanitarios, educativos y laborales.
  • Creación de diversos sistemas asistenciales y de seguridad social.
  • Desarrollo del capital monopolista.
  • Progresiva ampliación de los sujetos de derechos políticos y el consiguiente acceso de la ciudadanía a la política.
  • Nacimiento de los partidos y sindicatos de masas.
  • Creaciente racionalización, burocratización y oligarquización de la vida económica y política.
  • Aumento de la intensidad y conflictividad de la lucha por el poder y la influencia políticas.

Liberales de muy distinto signo fueron capaces de admitir que si, por una parte, el período de poco más de un siglo que había transcurrido desde las guerras napoleónicas hasta la Primera Guerra Mundial había consitituido la era del liberalismo, por otra, en los años posteriores a esta última el rechazo hacia tal tradición política se había vuelto abiertamente explícito.

Estas consideraciones llevaron a muchos liberales a concluir que el liberalismo, si quería mantenerse como una fuerza viva capaz de transformar sus ideas en realidades, tenía que redifinir su teoría y prácticas políticas, tenía que superar las limitaciones impuestas por la tradición y abrir un camino de transición hacia un nuevo liberalismo que habría que dar continuidad a la tradición y ofrecer una respuesta ideológico-política capaz de orientar el quehacer de ciudadanos y de gobiernos en el nuevo escenario social.

En conclusión, la emergencia de nuevos modos de asumir el liberalismo concluyó en la aparición de un “nuevo liberalismo social” caracterizado por:

  1. El interés en distanciarse de buena parte de los presupuestos, instrumentos y objetivos del liberalismo clásico, dado que para ellos estos ya eran abiertamente inservibles.
  2. Una mayor sensibilidad hacia las enormes desigualdades e injusticias que el desarrollo capitalista había generado.

Por otro lado, también resistió un “nuevo liberalismo clásico o conservador”, dispuesto a rechazar la creciente y expansiva regulación económica y asistencia social del Estado cada vez más aceptada por la propia tradición liberal. Sus propuestas se caracterizaban por el empeño en recuperar el individualismo posesivo y los principios básicos de la sociedad de mercado defendidos por gran parte del liberalismo clásico.

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Esta es la quinta entrada de resúmenes  del tema 1, titulado “La tradición liberal” y escrito por Roberto Rodríguez, del libro titulado “Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política”, edición de Fernando Quesada y de la editorial Trotta (2008).

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24 noviembre 2009 Posted by | Filosofía, Filosofía Política, Liberalismo | , , | 4 comentarios

Fundamentos de la tradición liberal: sociedad y formas de organizarse

La concepción de la sociedad -y de toda forma de agrupación humana- se concibe como una mera yuxtaposición de individuos y nunca como una entidad que posee una realidad o atributos que puedan ser considerados específicos o distintos de los que ya poseen sus partes por separado. La sociedad es concebida como obra y fruto de la voluntad de unos individuos que la crean por conveniencia y para hacer posbile la vida en común, aunque también, como Hume se encargó de destacar, para hacer posible la división del trabajo y el consiguiente incremento de nuestro poder sobre la naturaleza, así como un aumento de la cooperación y la ayuda mutua que hacen que quedemos menos expuestos al azar y otros inconvenientes.

Para el pensamiento liberal clásico la sociedad, en la famosa tesis de Bentham, es un “cuerpo ficticio, compuesto por personas individuales que se considera que lo constituyen en tanto que son sus miembros”. Se trata de un ente formado por una pluralidad de individuos y/o grupos que, dada su diversidad de intereses, están en constante competencia y conflicto entre sí. El reconocimiento del pluralismo y el conflictivismo inherentes al modelo liberal plantea tres problemas estrechamente relacionados y recurrentes a lo largo de la tradición política y liberal:

  1. Cómo alcanzar y preservar una sociedad pacífica y ordenada dada la natural pluralidad y conflictividad entre diferentes individuos y/o grupos con fines e intereses igualmente plurales y potencialmente antagónicos.
  2. Cómo constituir la sociedad de manera que las libertades y derechos individuales estén protegidos de las interferencias del Estado, de los grupos sociales o de otros individuos.
  3. Cómo organizar la sociedad de modo que los distintos intereses y fines individuales en conflicto puedan influir en la toma de decisiones políticas.

La convicción que la mejor solución a los inconvenientes del pluralismo y conflictivismo inherentes a su modelo de individuo y de la sociedad era la constitución de un poder común, o Estado, al que los individuos únicamente había de ceder -en términos de Locke– su derecho a castigar, “según los dictados de la serena razón y de la conciencia” y “en el grado en que la ofensa merezca”, a quienes hubiesen dañado su vida, libertad y posesiones. Sin embargo, temerosos de los peligros de la concentración del poder en manos de unos pocos o del propio Estado, los liberales clásicos dedicaron buena parte de sus esfuerzos a alcanzar un difícil y siempre precario equilibrio entre, por un lado, el individuo y sus derechos y, por otro, el Estado y sus poderes potencialmente coactivos.

Por otro lado, la función básica del Estado residiría en la protección de la vida, libertad y posesiones individuales (Locke) o en la preservación de la seguridad interior y exterior (Humboldt). En todo caso, con la existencia de ciertos límites que se derivan en:

  1. La existencia de ciertos derechos individuales que el poder político tiene la obligación de respetar, proteger y promover.
  2. Su obligación de gobernar mediante leyes generales y conocidas de antemano, pues sólo así podría evitarse el ejercicio arbitrario, ilegítimo y extemporáneo del poder (sólo así sería posible “el imperio de las leyes y no el de los hombres”, según James Harrington).
  3. La necesidad de evitar la concetración del poder -símbolo y realidad del absolutismo y la tiranía- en manos de una persona u órgano, esto es, del constitucionalismo y la moderna división y equilibrio de poderes.

Nada de lo anterior ofrece, sin embargo, una respuesta precisa a la importante cuestión acerca de qué forma de gobierno debía establecerse a fin de que los distintos fines e intereses individuales y/o colectivos pudieran influir en la toma de decisiones políticas. El “gobierno representativo” fue para los liberales clásicos la forma de gobierno más adecuada en tanto que diferente de la tiranía o el despotismo y de la democracia, a la cual acostumbraban a tachar de inestable e incompatible con la seguridad personal y los derechos de la propiedad.

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Esta es la cuarta entrada de resúmenes  del tema 1, titulado “La tradición liberal” y escrito por Roberto Rodríguez, del libro titulado “Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política”, edición de Fernando Quesada y de la editorial Trotta (2008).

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23 noviembre 2009 Posted by | Filosofía, Filosofía Política, Liberalismo | , , , | 3 comentarios

Fundamentos de la tradición liberal: concepción del individuo

Resulta enormemente interesante (re)conocer que buena parte de la forma de organizarnos socialmente provienen de los principios del liberalismo clásico propuesto hace algunos siglos. La concepción que proponen del individuo representa, sin duda, un concepto bastante actual con el que en algunos casos nos podríamos sentir bastante identificados.

El liberalismo se configura como una fuerza crítica, revolucionaria y emancipadora cuya base residía en una nueva concepción del individuo. Bajo tal concepción, el individuo es un ser que tiene una vida independiente, que precede lógicamente a cualquier tipo de grupo o asociación humana y cuya existencia nada debe a ellas. Es también un sujeto racional, capaz de dirigir por sí mismo su propia conducta así como determinar cuáles son sus preferencias, necesidades y fines: es un ser interesado e inquieto; esto es, íntimamente motivado en su comportamiento privado y en sus relaciones sociales y políticas por la voluntad de satisfacer sus deseos e intereses mediante un cálculo racional de beneficios o utilidades.

El individuo liberal es también un propietario, un sujeto que se caracteriza de modo esencial por ser poseedor de su persona y capacidades, así como de los frutos que de su trabajo o actividad se deriven. El individuo se desarrolla a través de la constante acumulación de posesiones en plena competencia con los otros; algo que por lo demás sólo puede realizar de forma ordenada y pacífica a través de establecimiento de un espacio de libertad e iniciativa privada en el que pueda actuar sin interferencias externas o con las mínimas imprescindibles para el disfrute de su libertad y posesiones.

El “propietarismo” se convierte así en elemento básico de la concepción liberal-clásica del inidividuo, pero también en punto de partida  para la defensa de un modelo de sociedad para el cual ésta es un simple ámbito en el que individuos autosuficientes compiten entre sí en plena libertad y con las mínimas interferencias externas posibles. Por paradójico y sorprendente que parezca, este rasgo posesivo es el elemento nuclear de un modelo de conducta individual que deriva finalmente en que los vicios privados son el auténtico fundamento de la prosperidad y la felicidad de la comunidad.

Por otra parte, para el liberalismo clásico, los individuos son libre e iguales, poseedores “por sí mismos” de un derecho natural o humano a la libertad y a la igualdad que la sociedad y el Estado en modo alguno otorgan, pero que están obligados a respetar, proteger y promover. El propio individualismo liberal implica a la vez igualdad y libertad, pues desde el momento en que la sociedad desaparece como valor supremo, se establece el individuo soberano. Cada cual -como afirma Locke– parte de una situación de perfecta libertad y de un “estado de igualdad en el que todo poder y jurisdicción son recíprocos”.

Aunque la tradición liberal tiende a concebir la libertad como una prerrogativa inherente a todo individuo, no por ello ha dejado de tener presente que necesita ciertas restricciones. Los liberales clásicos se mostraron dispuestos a reducir la libertad en aras de otros valores y, por de pronto, en aras de la misma libertad. Para ellos la libertad no consistía en la posibilidad de que cada cual pudeiera hacer lo que quisiera sino más bien en estar libre de la violencia de los otros, en la asusencia de coacción o interferencia por parte de los demás.

Como decía al comienzo, muchos de estos principios se mantienen hoy día, ¿o no?

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Esta es la tercera entrada de resúmenes  del tema 1, titulado “La tradición liberal” y escrito por Roberto Rodríguez, del libro titulado “Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política”, edición de Fernando Quesada y de la editorial Trotta (2008).

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22 noviembre 2009 Posted by | Filosofía, Filosofía Política, Liberalismo | , , | 4 comentarios

La tradición liberal: orígenes

Pese a que el término “liberalismo” encuentra sus primeros usos a principios del siglo XIX, dicho vocablo ha venido a usarse finalmente para denominar a una posición ideopolítica cuyas ideas fundamentales aparecieron dos siglos antes. El liberalismo comienza a gestarse como movimieno político ya desde mediados del siglo XVII y triunfa a lo largo de los dos siglos siguientes, contribuyendo con ello a una transformación sustancial de las sociedades de la época. Esta transformación se produjo a través del  tourbillon social provocado por una multiplicidad de fenómenos dispares y concomitantes entre sí, que son:

  • La Revolución científica: una nueva concepción de la ciencia basada en el uso de la razón, la observación y la experimentación a fin de generar lo que Bacon consideró un conocimiento no sólo racional sino también capaz de instaurar el dominio del hombre sobre las cosas y mejorar la situación de éste sobre la Tierra.
  • La Reforma protestante: el establecimiento de nuevas iglesias, con el consiguiente cuestionamiento del poder y jurisdicción del Papa y de la Iglesia católica.
  • Revolución económica: el advenimiento del capitalismo, la instauración de la propiedad privada como forma de propiedad por excelencia, la expansión del comercio y las relaciones mercantiles y, en suma, la ruina definitiva de la economía feudal.
  • Revoluciones políticas inglesa, americana y francesa: instauración de nuevas formas de poder social y colectivo, así como el reconocimiento de los derechos y libertades civiles y políticas de los ciudadanos.
  • La Ilustración: su proyecto de alcanzar, a través de la plena instaruación en todos los ámbitos de la vida de aquel nuevo modo de conocimiento y racionalidad, el progreso material, social y moral.

La tradición liberal brota y se afianza, pues, en el entrono de estas continuas transformaciones y movimientos que afectaron decisivamente a los conceptos que por entonces se tenían de la razón, el conocimiento, la religión, la economía, el derecho, el individuo, la sociedad o, en fin, del Estado y de la política.

Si hubiese que datar la aparición del liberalismo como un movimiento ideopolítico habría que volver la mirada hacia los levellers, un grupo de pequeños propietarios y miembros del ejército de Cromwell que en la Inglaterra de mediados del siglo XVII logró plantear públicamente no pocas demandas de libertades y derechos individuales, tales como la libertad de conciencia y creencia, la separación de la Iglesia y el Estado, la soberanía popular, los derechos políticos de los “hombres libres”, etc. Con ellos se enfrentaron directamente con el autoritarismo religioso y político de la época y, más concretamente, con la Iglesia católica y la monarquía de Carlos I.

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Esta es la segunda entrada de resúmenes  del tema 1, titulado “La tradición liberal” y escrito por Roberto Rodríguez, del libro titulado “Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política”, edición de Fernando Quesada y de la editorial Trotta (2008).

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21 noviembre 2009 Posted by | Filosofía, Filosofía Política, Liberalismo | , , | 6 comentarios

La tradición liberal: una introducción

La tradición liberal la constituye aquella tradición de pensamiento que ha gozado de amplia hegemonía en la civilización occidental casi desde sus propios orígenes en la modernidad y, quizá por ello mismo, ha sido una la corriente ideopolítica contra la cual se han definido y conformado buena parte de las restantes. Tanto es así que sus principios constituyentes han ejercido una enorme influencia sobre los modos de organización de las sociedades occidentales: vivimos, de hecho, en sociedades organizadas a partir de principios e instituciones cuyo origen se encuentra básicamente en la tradición liberal.

La tradición liberal dista mucho de constituir un cuerpo homogéneo o cerrado de ideas. Ha poseído -y posee aún hoy día- una rica diversidad de expresiones que impide tal simplificación. Su misma historia está plagada de crisis y revitalizaciones al hilo de significativos hechos históricos que le han obligado a modelar su teoría y práctica políticas en diferentes sentidos. El liberalismo es al mismo tiempo una tradición y un intento de ir más allá de las limitaciones de esa tradición que sus crisis revelan. El continuo debate entre sus críticos internos ha originado intentos de superar las limitaciones de la tradición y, con ello, el que en gran medida ha causado la emergencia de diversos liberalismos que ahora se conciben como rostros o variantes históricas del modelo de pensamiento político característico de la tradición liberal.

Las figuras de John Locke, Montesquieu, David Hume, Jeremy Bentham, Adam Smith, Inmanuel Kant, Benjamin Constant, John Stuart Mill, Thomas Paine, Wilhelm von Humboldt y muchísimos otros supusieron aportaciones ineludibles para la configuración de un primer liberalismo o “liberalismo clásico”.

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Esta es la primera entrada de resúmenes  del tema 1, titulado “La tradición liberal” y escrito por Roberto Rodríguez, del libro titulado “Ciudad y ciudadanía. Senderos contemporáneos de la Filosofía Política”, edición de Fernando Quesada y de la editorial Trotta (2008).

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21 noviembre 2009 Posted by | Filosofía, Filosofía Política, Liberalismo | , , | 5 comentarios