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En busca de la excelencia: la filosofía moral griega

El objetivo del pensamiento de la filosofía moral griega no es otro que la excelencia de las personas, de ahí que se pueda denominar a esta filosofía moral como una ética de las virtudes. “Virtud” es el término con que traducimos al griego areté, que significa la excelencia de una cosa: desempeñar bien el propio fin, la función de cada cosa. Todo tiene su fin, su télos, de tal forma que alcanzarlo era conseguir la virtud, la excelencia. Así, la ética debía ocuparse del télos, de la función o areté del ser humano.

A ese fin al que tiende cada cosa y, por extensión, al fin del ser humano los griegos le llaman agathós, el “bien”. Ser virtuoso, aplicado a los humanos es lo mismo que ser bueno, ser una buena persona. Y puesto que la virtud e la excelencia, alcanzar y tener areté consistiría en ser aristos, el mejor. El conjunto de todos estos conceptos, que calificaban la vida de los griegos, nos habla de una sociedad competitiva y meritocrática, donde se recompensa y se reconoce al que sobresale y se destaca en el empeño de ser bueno, virtuoso, el mejor.

Ética proviene de êthos que, a su vez, significa manera de ser, carácter. Buscar la dimensión ética de la existencia implicaba esforzarse por forjar una manera de ser virtuosa, de acuerdo con ese bien último que debía buscar y alcanzar la existencia humana. Así planteada, la ética supone dos cosas:

  1. Que la naturaleza o la vida humana tiene un bien o un fin determinado que hay que realizar.
  2. Que esa realización depende del ser humano.

Nadie nace siendo virtuoso, sino que la virtud puede y debe adquirirse. En eso, en intentar adquirir la virtud, consiste la formación del carácter o la formación moral de la persona. Más que entender la ética como un cómputo de deberes o de normas, los griegos la entienden como la adquisición por parte de cada uno de una segunda naturaleza o de una serie de virtudes, de una manera de ser que los hace virtuosos o buenas personas. La ética estaba estrechamente vinculada a la educación, a la adquisición de hábitos y costumbres que son los que van formando el carácter.

En la época griega, la guerra es el espacio natural del hombre, de ahí que la mejor forma de existir en tal espacio sea la del combatiente. Aún Platón reconocía que el lugar natural del hombre es la guerra, pues no sólo “todos los hombres son, pública o provadamente, enemigos de todos los demás”, sino que “cada uno es también enemigo de sí mismo”.

El bien, en tal caso, consiste en “poseer todas las cualidades valoradas en la sociedad griega: coraje bélico y habilidad en la guerra, así como éxito en la misma”. En una sociedad de tales características, no todos los hombres pueden llegar a ser virtuosos: sólo llegará a serlo el héroe que, para empezar, tiene que ser noble. Es una concepción aristocrática y material del comportamiento excelente, pues sólo es bueno o virtuoso aquel que tiene el privilegio de poder serlo y que, por lo tanto, será reconocido públicamente como tal. La vida interior, espiritual, cuenta poco o nada, si falta esa dimensión pública de la virtud.

Por todo ello, el héroe necesita al poeta que divulgará sus actos y sus triunfos, que lo hará famoso. Estamos, asimismo, ante una “cultura de la vergüenza” en la que el aprecio de la sociedad es fundamental como indicador del valor moral de la persona. No ha llegado aún la “cultura de la culpa“, más propia de un pensamiento cristiano o de una filosofía de la conciencia que valora y se arrepiente de sus actos.

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18 enero 2010 Posted by | Ética, Filosofía, Grecia | , , | Deja un comentario